La mantilla de novia: cómo la elijo y cómo me la coloco

No hay norma al respecto. Aunque soy una apasionada del protocolo y adoro la perfección, os diré que no hay una regla estricta. La mantilla de novia puede ser la española clásica de picos, es decir cortita, o puede ser larga como la cola que llevéis, incluso si tiene unas puntas de castañuela espectaculares y las queréis lucir os podéis permitir el lujo de llevarla un puntito más larga que el propio vestido-cola.

Lo único que os recomendaría es que el vestido sea parco, que no cuente con pedrería, volantes en exceso, strass o tenga un inspiración barroca, ya que se anularían y nada tendría la importancia que merece, siendo preferible un velo de novia sencillo que enfatice un vestido ornamentado.

La mantilla de novia pide sencillez en el vestido…no importa si es palabra de honor, halter, corte princesa o con manguita…los diseñadores emplean materiales magníficos en la elaboración de los vestidos y la combinación con las mantillas suele ser una apuesta segura hacia la perfección.

La mantilla normalmente se coloca con una o varias peinetas (de plata labrada, carey, nácar…) y puede colocarse alta, media o en la nuca…A veces si la mantilla es muy larga y la cola junto con el vestido pesa un poco, para evitar la sensación de tirón o vuelo, puede sujetarse en los hombros con alfileres de perlita.

Dejaros asesorar por la peluquera en cuanto a la colocación más adecuada, también por vuestras madres, tías o abuelas…con ello me refiero a que quizá os guste más cómo queda un moño estirado y con mantilla alta, y sin embargo estáis más guapas con un semirecogido y con la mantilla colocada a media altura.

Sea como fuere, una mantilla de novia sí es una joya que podréis guardar y mirar de vez en cuando recordando el día de vuestra boda…y quién sabe, quizá vuestra hija, al igual que yo, se sienta orgullosa el día que lleve la mantilla de su madre camino al altar.